El mochillero en busca de la música y el arte en América.

   ¿A dónde ir?

 Perú, Ecuador, México, Nueva York, Argentina y Colombia.

 Las formas de viajar son diversas, tren, avión, coche particular, barco, moto, en fin cada uno según su propia necesidad. Será un viaje con mi mochila a la espalda, con esa idea de encontrar la otredad de los pueblos,  buscando un contacto más cercano con la cultura local, los museos, el folklor; cada uno puede seguirlos  de diferentes maneras, o no seguirlos, o inventarse otros nuevos, sin guías, sin programas cerrados y con toda la flexibilidad del mundo para variar el itinerario en un momento dado.

 Perú

 En buena parte de los Andes centrales y de los circuitos asociados al imperio inca, las cholas son personas que se identifican por ciertos rasgos étnicos, ciertos modos culturales que van del vestido a la lengua, el trato de los hijos, la alimentación y un inabarcable etcétera. Y estas personas no sólo se refieren a sí mismas como cholas, sino que confeccionan y venden esas cholitas a las que entienden como signo de otredad y, por ende, de propia identidad.

 

Feria de Purmamarca, provincia de Jujuy.  Puede verse en el ángulo inferior de la fotografía que abre la serie, las muñecas de las cholitas jujeñas; el resto es yapa etnográfica. (Foto: M. Pisarro)

 

Entre los souvenirs con mayor demanda se cuentan las cholitas. Son muñecas que representan a las mujeres indias, elaboradas con telas, lanas, semillas, frutos secos. Se las encuentra en ferias, puestos callejeros, casas de recuerdos; las mujeres las llevan en canastas a los puntos donde encontrarán turistas o viajeros. Se venden muy bien.

El éxito de estos souvenirs suele explicarse por el bajo precio y el alto cuidado en su elaboración. Pero también porque estas muñecas representan a un "Otro". Recuerdan, convierten en baratija, una suma de rasgos estéticos y físicos (las trenzas negras, los ojos achinados, las sandalias, la ropa multicolor, las cacerolas de barro, el aguayo con alguna cabecita asomada) asumidos por los compradores como diferencia, exotismo, un margen de "otredad" sincrónica y diacrónica: ellas, las cholas.

 

La expresión "chola", femenino del masculino "cholo", presenta unos cuantos problemas. El significado más antiguo del término es despectivo. Lo usaban los españoles, en el siglo XVI, para referirse a los indios americanos. "Cholo" viene de "xolo", diminutivo de "xoloitzcuintli", palabra náhuatl para referirse a los perros sin pelo mexicanos. En el libro de Garcilaso de la Vega que estaba yendo a buscar, Comentarios reales de los incas, publicado en 1609, puede leerse: "Al hijo de negro y de india, o de indio y de negra, dicen mulato y mulata. A los hijos de éstos llaman cholo; es vocablo de la isla de Barlovento; quiere decir perro, no de los castizos (raza pura), sino de los muy bellacos gozcones; y los españoles usan de él por infamia y vituperio".

"Cholo" se usó para referirse a los mestizos (la palabra quechua "chulu" significa "mezclado"), a los indios urbanizados, a los indios de las montañas; incluso, en los tiempos de los Estados-nación, para vilipendiarse de país a país: en Chile se oye a menudo tratar de cholos a los peruanos o los bolivianos, señalando su provincianismo, atraso, primitivismo.

En la actualidad el término "cholo" se emplea en buena parte del continente americano. Planteándolo en términos esquemáticos, en la región andina central parece haber dos tendencias: quienes afirman que el término "cholo" perdió su carácter peyorativo, y quienes afirman lo contrario: que sigue siendo ofensivo, discriminador, racista.

En Perú se discute bastante sobre esto: si hablar de cholos sigue siendo una forma de referirse a los perros, o si hablar de cholos es referirse a una identidad nacional que los representa ante sí y ante los demás. El cholo como epítome -y como suvenir- de la cultura andina.

Sea como fuere, lo concreto es que en buena parte de los Andes centrales y de los circuitos asociados al imperio inca, las cholas son personas que se identifican por ciertos rasgos étnicos, ciertos modos culturales que van del vestido a la lengua, el trato de los hijos, la alimentación y un inabarcable etcétera. Y estas personas no sólo se refieren a sí mismas como cholas, sino que confeccionan y venden esas cholitas a las que entienden como signo de otredad (desde la mirada ajena) y, por ende, de propia identidad.

 Esta es la primera instancia de la otredad: reconocer que el otro es diferente y que esa diferencia tiene un valor de mercado, pero hacer, de esa diferencia y de ese valor en el mercado, un hecho equivalente e indisoluble.   Todos parecen tener algo que ofrecer al turista (artesanías, bebidas, cuadros, ropas, comidas, alojamiento, masajes, excursiones, cambio de divisas), e incluso aquellos que podrían no tener nada para ofrecer, ofrecen su misma otredad: la imagen de esa otredad.